De pequeño tenía ordenadores en casa, y como muchos de mi generación me dedicaba a destrozarlos y volver a montarlos. Ahí, sin saberlo, aprendí lo que era una BIOS, una UEFI y por qué a veces una máquina no arranca. A los 12 monté mi primera web en HTML un día de Semana Santa, porque me aburría. No sabía que aquello tenía nombre ni que serviría para nada: solo quería que algo de mi cabeza apareciera en una pantalla.

Lo demás vino del trabajo. Empecé en comunicación y marketing para una marca con presencia en toda España, traduciendo lo que la empresa quería decir en algo que la gente entendiera. Y como la tecnología nunca dejó de estar ahí, acabé también con un pie en el departamento de sistemas: alguien tenía que hablar los dos idiomas.

Años después cambié de lado de la mesa: asesoramiento estratégico en marketing y comunicación para una marca de ámbito gallego, un asiento en su junta directiva y un negocio propio en marcha —que no era el primero—. Desde esa junta vi, desde dentro, cómo respira el tejido empresarial gallego.

De todo eso no me llevo un cargo. Me llevo una intuición: sé dónde se atasca una organización antes de que nadie lo diga en voz alta, y sé lo que cuesta una hora de trabajo manual repetida cada semana, porque la he pagado.

Y al final el crío que arreglaba ordenadores y montaba webs en Semana Santa seguía ahí. En algún momento la tecnología dejó de ser un hobby de fondo y pasó a primer plano: hoy me dedico a digitalizar empresas, construyendo los sistemas que antes solo intuía que hacían falta.